Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 10, No. 1 (2011)

Doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol10-Issue1-fulltext-136
Tamaño de la letra:  Pequeña  Mediana  Grande
 Untitled Document

ISSN 0717-7798
ISSNe 0718-6924

VOL. 10, Nº 1, (ENERO-JUNIO) 2011

 

 

 

 

 

 

Migraciones y administración de la vida en el mundo global

 

Migration and life management in the global world

Tuillang Yuing (*)
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile

Resumen: Nuestro trabajo es una aproximación al tema de las migraciones y sus debates asociados desde una perspectiva que incluye aportes teóricos  principalmente de la filosofía y la sociología. El texto plantea la posibilidad de hacer una lectura de los procesos migratorios en base a los aportes  de Foucault sobre biopolítica, sugiriendo una cierta inscripción histórica del problema. En un segundo momento, este análisis se dirige al escenario del mundo global donde se especula sobre la constitución de ámbitos subjetivos que se ponen en juego en el fenómeno migratorio.

Palabras clave: migración; globalización; procesos históricos; regulación; subjetividad.

Abstract: Our work is an approximation to the topic of migrations and its debates from a perspective that includes theoretical contributions stemming mainly from philosophy and sociology. The text raises the possibility of analyzing migratory processes on the basis of the biopolitical contributions of Foucault, suggesting a certain historical inscription of the problem. Second, this analysis is oriented towards the scenario of the global world where it is inspected on the constitution of subjective areas that take part in the migratory phenomenon.

Keywords: migration; globalization; historical processes; regulation; subjectivity.

(*) Autor para correspondencia: Instituto de Filosofía, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Correo de contacto: tuillang@yahoo.com

 


1. Introducción: La Biopolítica como Escenario para el Control

Hoy se hace casi ineludible no recurrir a los insumos que aporta Foucault (2000), bajo la categoría de biopolítica para realizar un análisis de cómo se implementan procedimientos que tienen como objeto la vida. La enorme visibilización de dicha categoría es indicativa de la plasticidad que presta para el estudio y la comprensión de los fenómenos socio-políticoscontemporáneos. En efecto, puede observarse que la cantera abierta por Foucault a mediados de los años setenta, ha liberado un dominio de análisis que se ha vuelto cada vez más productivo a partir de fines de los noventa, y que se ha integrado en disciplinas diversas como la sociología y la antropología, además de proporcionar una perspectiva renovadora para la teoría política contemporánea . Levantando la pregunta por los modos posibles de relación entre el poder y la vida, el enfoque biopolítico, dota de una espesura inédita  de total vigencia para apreciar el funcionamiento cotidiano de la población.

Más que nada, la categoría alude a la confección y utilización de una serie de tecnologías cuyo destino es la organización y control de las poblaciones, tecnologías que comenzaron a desarrollarse a partir de la segunda mitad del siglo XVIII como complemento de las denominadas tecnologías disciplinarias. Tratase del biopoder, conglomerado de técnicas que se dirigen al cuerpo del hombre vivo como masa global, vale decir, a un  grupo de  seres humanos en cuanto comparten una serie de procesos biológicos propios de la especie. En efecto, es Foucault (2000), quien con sus investigaciones de mediados de los setenta puso de manifiesto la disciplina como una modalidad de ejercicio del poder dirigido a la regulación del ser humano en sus detalles, cuyo producto es el individuo. Así, la regulación y adscripción del individuo a las exigencias de un poder muestran como el cuerpo es penetrado y gobernado por una anatomopolítica que despliega su más vigorosa fuerza en el cuidado del detalle. No existe, en todo caso, una sustitución de la disciplina en beneficio del biopoder, más bien éste último,  sin implicar la renuncia al control minucioso del cuerpo individual, se organiza en torno del cuidado panorámico de un grupo que, de manera heterogénea pero constante, padece procesos vitales endémicos a la vida de una comunidad. Foucault (2000) señala la imbricación de ambos modos de poder de la siguiente forma:

Por lo tanto, tras un primer ejercicio del poder sobre el cuerpo que se produce en el modo de la individualización, tenemos un segundo ejercicio que no es individualizador sino masificador, por decirlo así, que no se dirige al hombre/cuerpo sino al hombre-especie. Luego de la anatomopolítica del cuerpo humano, introducida durante el siglo XVIII, vemos aparecer, a finales de éste, algo que ya no es esa anatomopolítica sino lo que yo llamaría una biopolítica de la especie humana. (Foucault, 2000, p. 220)

Con todo, lo relevante es que el biopoder emerge en la medida en que los Estados-naciones se ven impelidos a plantearse sus desafíos en términos de población. En efecto, la población emerge como categoría político-administrativa en el momento en que la soberanía se retira en favor de la representación política, y cuando, precisamente,  la teoría jurídica establece un pacto político entre el ciudadano y el Estado. Pacto que, precisamente, tiene en  el cuidado y la protección de la vida del ciudadano su eje fundamental, y que Foucault (2007) sintetiza con la fórmula hacer vivir y dejar morir, señalando  así una dislocación, respecto del poder soberano, en el modo en que el poder del Estado envuelve la vida: ésta se convierte en el motivo primario que da sentido a la relación del Estado y el individuo .

Por el lado de los aparatos de Estado, surge entonces la necesidad de administrar y proteger las fuerzas de aquellos con quienes ha establecido una negociación a través del derecho. Aparecen entonces una gama de preocupaciones que van desde la higiene al urbanismo, de la demografía a la policía y que pasaran a dominar el escenario de las políticas públicas hasta el día de hoy.

El desarrollo de estas tecnologías y el saber que se les anexa, tuvo, para Foucault (2006),  su mayor refinamiento en una serie de investigaciones alemanas de mediados del siglo XVIII, la Polizeiwissenschaft o ciencia de la policía (en sentido amplio), la que debía elaborar los manuales para la administración de las fuerzas del Estado. El número de personas, sus necesidades, su salud, su actividad laboral y su circulación, constituyen, a grandes rasgos, los objetivos de esta nueva forma de gobierno.

Para nuestros fines, llama la atención la preocupación por la circulación de las gentes. Tarea que refiere al cuidado de las fuerzas que se emplean en la realización del trabajo. La accesibilidad, el desarrollo de la vialidad en relación a una meta definida, se hicieron materia de policía. Pero además, en este mismo rango, se estableció la necesidad de regular el desplazamiento de esas fuerzas en cuanto asentamientos. Foucault lo señala de esta manera:

Pero por “circulación” no hay que entender únicamente esa red material que permite la circulación de las mercancías y llegado el caso de los hombres, sino la circulación misma, es decir, el conjunto de los reglamentos, restricciones, límites o, por el contrario, facilidades y estímulos que permitirán el tránsito de los hombres y las cosas en el reino y eventualmente allende sus fronteras. (Foucault, 2006, p.  375)

Sin entrar en los detalles, dejemos establecido que el interés de los gobiernos por la administración de la fuerza laboral, es el que abre el desarrollo y la administración de las regulaciones sobre los desplazamientos, regulaciones que anticipan las políticas migratorias hoy vigentes.

Ligado a este mismo episodio histórico, es necesario destacar que  al contrario de los regímenes monárquicos  tardíos, la protección de los, ahora llamados <ciudadanos>, no pasa explícitamente por la defensa ante una amenaza extranjera: los Estados-Naciones se constituyen como magnas extensiones territoriales: amplios espacios carentes de murallas que impidan el ataque de invasores o enemigos externos. Por el contrario, el derribamiento de los muros señala el libre tránsito en un mundo incipientemente global, pero en contrapartida, la necesaria administración o control del “enemigo interno” de la población. En este panorama la apelación a la seguridad es una bandera importante para la configuración de políticas de control minucioso que penetren en las más cotidianas esferas de la población. En fin, seguridad y desplazamientos de masas se encuentran en un mismo registro, comenzando desde entonces su mutua interferencia.

De lo anterior se desprende el carácter anfibológico que guarda la implementación de la biopolítica: por una parte se fundamenta en un compromiso cierto con la seguridad y  la protección de la ciudadanía, por la garantía de sus condiciones elementales de subsistencia y de bienestar. Por otra parte, ese mismo compromiso es el que permite la elaboración y sofisticación de instrumentos de control y gestión de los procesos vitales de la población, toda vez que  ella implica la fuerza productiva de los Estados.  Así, el cuidado de la salud de la población y del cuerpo del individuo pone en forma un contrato por el cual el individuo cede la determinación y cuidado de sí al ámbito legal-administrativo de la política pública. Es Foucault quien detalla, a grandes rasgos, la aparición de una serie de aspectos inéditos:

Desarrollo rápido durante la edad clásica de diversas disciplinas –escuelas, colegios, cuarteles, talleres; aparición también, en el campo de las prácticas políticas y las observaciones económicas, de los problemas de natalidad, longevidad, salud pública, vivienda, migración; explosión, pues, de técnicas diversas y numerosas para obtener la sujeción de los cuerpos y el control de las poblaciones. Se inicia así la era de un “bio-poder”. (Foucault, 1998, p.  169)

Precisamente,  como la cita lo deja ver, este es el escenario en que los fenómenos de migración comienzan a ser considerados como tales: en la medida en que los movimientos de masas pudieron ser evaluados a un nivel global, se percibió su impacto en la productividad y en la rentabilidad de los Estados, lugar donde hasta el día de hoy se juega la elaboración de las políticas migratorias. 

En definitiva, la descripción del escenario en que la biopolítica tiene su momento de irrupción nos proporciona algunas claves que parecen oportunas para aproximarse a los elementos que intervienen en el problema migratorio actual, lo que intentaremos hilvanar en el próximo apartado.

2. Migración y Procesos Globales
2.1. Antecedentes y cuestiones generales

La migración como problema de política pública parece ser un asunto reciente. No se tiene noticias decisivas de su impacto hasta el inicio de la industrialización. Sin embargo, la emergencia de éste fenómeno según el discurso y lenguaje  en que  hoy se  nos presenta, ha sido posible por una serie de condiciones político-económicas que, a través de la historia,  le  han otorgado su singular carácter. Se hace necesario entonces una somera revisión de los procesos histórico-sociales que han intervenido en la configuración del discurso migratorio actual.

En efecto, antecedentes  en sentido amplio existen hace ya bastante tiempo, puesto que los primeros grandes movimientos de masas fueron producto de la esclavitud . Como es sabido, las emergentes repúblicas europeas ganaron hegemonía gracias al apoderamiento de fuerza trabajadora secuestrada de territorios extranjeros: negros, chinos e indígenas aportaron sus brazos y muchas veces sus vidas al desarrollo de las economías del viejo continente, principalmente la inglesa, francesa, portuguesa y española, convirtiendo a estos países en Estados coloniales y bosquejando el modelo de desarrollo industrial  que se cimentará en el siglo XIX.

Posteriormente, tras los  procesos de independencia de la mayoría de las naciones, los Estados emergentes –principalmente de América latina y África– tuvieron el desafío de encontrar un rol a toda esa gran población remanente que permaneció en los distintos territorios cuando la esclavitud se hizo insostenible. Desde luego, se trataba de una población desprovista de los mínimos necesarios para emprender el camino del desarrollo, una población sumida en la miseria de la más diversa especie: legal, económica y, sobre todo, cultural. Es necesario, desde luego, tener este antecedente presente y pensar el impacto que pudo tener la esclavitud en la aparición de la pobreza que actualmente azota a los países con mayor cantidad de migraciones.  

Con todo, aún sabiendo que los procesos migratorios actuales obedecen a condiciones diferentes y a episodios históricos disímiles, podemos establecer algunas vinculaciones. En primer lugar, la expulsión desde el lugar de origen. Tanto los esclavos como los emigrantes son, en cierto modo, arrancados de su lugar de pertenencia: los primeros por la fuerza y los segundos por no recibir garantías de bienestar para ellos y sus grupos familiares. Desde luego,  no se trata de sostener que los emigrantes son los esclavos de hoy, pero sin embargo, el masivo desplazamiento de personas  sometidas al desarraigo a causa de intereses económicos  –patrón común en ambos procesos– nos da la oportunidad de preguntar: ¿qué tan voluntario u opcional es la decisión del emigrante? ¿Podemos pensar cuáles son las condiciones que lo llevan al abandono de su lugar de origen y, en muchos casos, de su familia? Se hace necesario, por cierto, estudiar más detalladamente las causas generales de la emigración, pero en nuestro caso nos basta para sugerir y destacar un cierto coeficiente de presión que detona los desplazamientos migratorios.

Por otra parte, en Europa,  es el despegue de la revolución industrial el elemento que visibiliza el problema migratorio. Lo que emerge, en rigor, es la internacionalización de un mercado de trabajo administrado por los Estados y que comienza a disponer de la posibilidad de movilizar a la población de “trabajadores libres”. En cierta medida, es un modelo de desarrollo lo que comienza a configurarse: procesos de urbanización acelerados que desplazaron, en cuestión de décadas, los modos de producción y de habitar organizados en torno a la agricultura, y que además llevaron a una pérdida del equilibrio demográfico entre el campo y la ciudad. Se asiste, entonces, a un  éxodo masivo de campesinos que, llevados por las garantías y los beneficios de la urbanización, se abalanzaron sobre las ciudades en busca de trabajo en las industrias. Era de esperar que dicho proceso trajera complicaciones: finalmente las oportunidades no alcanzaron para todos, y un mar de trabajadores –en muchos casos con sus familias– quedaron a la espera de nuevos lugares para ir a cumplir sus expectativas. El desarrollo industrial dejaba su primer saldo  de humanidad sobrante en calidad de errantes: “Ella [la industrialización] ha contribuido a poner en el mercado del trabajo a millones de personas salidas del mundo campesino, que las diferentes economías nacionales no pudieron absorber más” (Barou, 2001, p. 25). Por cierto, este desajuste entre la oferta y la fuerza de trabajo disponible –añadido a un vertiginoso crecimiento demográfico– provocó los primeros movimientos migratorios desde Europa hacia los Estados emergentes de América latina, África y Asia.  En general, las migraciones desde Europa que tuvieron lugar entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, señalaban el intento de la población más desfavorecida por escapar de la proletarización: convertirse en comerciante, funcionario o campesino-propietario, representa una mejora respecto de las condiciones críticas que, una Europa precariamente industrial, ofrecía .

Bajo este panorama, los Estados europeos implementaron las primeras regulaciones migratorias que buscaban asegurar una población acorde a sus intereses . También algunos Estados se valieron, con astucia, de éstas vicisitudes para erradicar todo germen de oposición política. Así, por ejemplo,  a juicio de Barou, Inglaterra: “esta política [de emigración] resulta más de una preocupación por la paz interna que de una ambición de dominio externo” (Barou, 2001, p. 21). Así, se empujó a la lejanía los grupos religiosos disidentes, los opositores al gobierno, los indigentes y hasta los niños huérfanos.

Todo lo  anterior  no hace sino confirmar el permanente ejercicio de los Estados por convertir  el fenómeno migratorio en un dispositivo de regulación económico pero también político. Por tanto, si la tarea consiste en preguntar por el problema de la migración hoy, en el escenario de nuestras sociedades, el análisis debe pesquisar las estrategias de conjunto a las que se integran las políticas migratorias de un determinado país: buscar qué es lo que se está administrando, cuáles son las razones que para ello se dan, qué es lo que –en términos de rentabilidad económica y política–  permite tal o cual gestión específica.

2.2. Elementos para un análisis

Ahora bien, indudablemente, el fenómeno migratorio posee delimitaciones específicas  en la actualidad. La novedad radica en el llamado contexto global, en el escenario de mundialización dentro del que se inscriben las políticas de desarrollo de los diferentes países. A pesar  de que los diagnósticos sobre el escenario global son conocidos, hay varios matices que señalar, los que –a nuestro juicio– muestran la ambigüedad del rol del Estado en el tema migratorio.

La llamada era de la globalización se constituye como un panorama relativamente nuevo. Se caracteriza fundamentalmente por la retirada de la hegemonía de los Estados-naciones y el desvanecimiento de fronteras culturales e identitarias rígidas. A lo anterior debe sumarse la estabilización del orden político global tras el fin de la guerra fría y la desaparición de la Unión Sovietica, que deja como vencedor  un modelo de desarrollo único. Por cierto, este modelo –ahora dominante– anuncia un nuevo modo de funcionamiento de la economía: se trata de la especulación a nivel mundial, de la unificación de los significantes monetarios que permiten el libre tráfico y la inversión casi instantanea  desde y en cualquier lugar del globo.  Al respecto, los análisis de  Abélès son oportunos:

[…] el nuevo orden planetario se caracteriza por la intensidad del fenómeno  de circulación, y por la amplitud de los flujos (hombres, capitales, informaciones). Así entendida, la globalización parece propicia para la construcción de un mundo menos estrecho. (Abélès, 2008, p.  41)

Así también, la política parece asentada sobre un mundo en que todo está más cerca, en que las fronteras económicas y sociales están abiertas: política de flujos, de redes hiperconectadas de tal forma que su control por parte de una instancia superior se vuelve imposible. Se espera entonces que sea el mismo orden global el que regule los intercambios que se producen y reproducen de manera múltiple a cada instante. En ese sentido, habitualmente se ha señalado que el papel del Estado en el escenario global está lejos de ser protagónico: el sector privado y su inmersión en el mercado son los verdaderos lugares del progreso y el desarrollo. También Abélès es asertivo en esto:

El ocaso de la soberanía de los Estados sobre la economía está vinculado con la capacidad del business mundial para operar principalmente en el marco de las reglas del mercado que escapa en parte al control estatal. En consecuencia, los gobiernos ya no son dueños de los mercados sino que es a la inversa. (Abélès, 2008, p. 50).

Vale la pena, además, señalar un cierto coeficiente de “conciencia global” que penetra en la subjetividad de los individuos. Las posibilidades de información, la experiencia de cercanía frente a los episodios de orden económico y su repercusión directa en la cotidianeidad, las demandas compartidas más allá de las fronteras, las amenazas ambientales y muchos otros factores, otorgan elementos para que las personas construyan una cierta experiencia de lo global y vivan de acuerdo a dicho paisaje. En palabras de  Robertson: “La globalización como concepto remite tanto a la reducción del mundo como a la intensificación de la conciencia del mundo en tanto totalidad” (en Abélès, 2008, p.  43)

3. Conflictividad y Subjetividad: Notas para una Aproximación

Pese a esta relativa retirada del Estado y su papel regulador, en beneficio del libre intercambio, las políticas estatales sobre el asunto migratorio se han vuelto cada vez más rígidas, burocráticas y vigilantes. La paradoja consiste entonces en que en un orden global que estimula el libre tránsito de las mercancías, la información y los flujos monetarios, el tránsito expedito de personas debe ser sobre-normado. En este punto, el sistema global pierde su acogedora instantaneidad que borra fronteras y revela su rostro controlador, en la medida que busca administrar el desplazamiento de los cuerpos, regular los asentamientos y establecer un rango de impacto por medio de la teórica equivalencia persona-costo. No es una novedad que las políticas de visas y eventualmente de migraciones reclaman, entre otras cosas, que cada inmigrante debe introducir una cierta cantidad de dinero para enfrentar los costos de vida. Ello se enfatiza en la figura del inmigrante,  el que calificado como un agente productivo, arrastra el peso de generar una rentabilidad mayor que el gasto estatal por su cuidado. Como es sabido, la figura del ilegal, si bien evade dicha normativa, permite a su vez una gama de abusos y excepciones que tienden a beneficiar a particulares. Se produce entonces entre el Estado y algunos sectores privados  una suerte de concurso por apoderarse y regular la figura del inmigrante y su fuerza productiva. 

Lo anterior tampoco es una sorpresa. Las políticas migratorias, si bien pueden presentar una tendencia a la regulación y a establecer protocolos más exigentes a los inmigrantes, no pueden ser del todo restrictivas. La inmigración, sobre todo ilegal, genera una serie de prácticas que de ser erradicadas dejarían un efecto negativo en la productividad interna. Una somera aproximación histórica muestra que muchos de los Estados que hoy poseen problemas o conflictos por las políticas de migración miraron con aprobación y condescendencia como su territorio comenzaba a poblarse de mano de obra económica a comienzos del siglo XX. No es casual que estos mismos Estados sean, en general,  aquellos que implementaron en el siglo XIX políticas coloniales realmente devastadoras, provocando el éxodo en aquellos países con economías dependientes y precarias, y que luego de haber entregado fuerza productiva y recursos naturales, se vieron abandonados a sumirse a un modelo del que recibían siempre la parte más desventajosa.

Tal como los esclavos, los primeros inmigrantes realizaban aquellas tareas que la población local rechazaba,  aquellas asociadas al estancamiento social e incluso a la denigración. Si pensamos que hasta hoy, el inmigrante beneficia laboral y económicamente a determinados sectores, se percibe como, más que establecer políticas prohibitivas o abiertamente de apertura, la posibilidad de los Estados de administrar y controlar ese lugar de decisión, es lo que se transforma verdaderamente en una ventaja. Algo de ello ya habíamos anunciado: la historia muestra como los Estados han pretendido en muchas ocasiones hacer  de los procesos migratorios un dispositivo homeostático de las fuerzas productivas. Al respecto señala Barou:

Se encuentra desde aquella época [la época clásica] el doble rol que jugaron las migraciones en el curso de la historia de las naciones modernas de Europa: permitir importar del exterior una  población cuya presencia se ha vuelto necesaria por ciertas insuficiencias de la población naciona,l y exportar al exterior, en otros períodos, una parte de la población nacional considerada excesiva  y que pone en  riesgo el orden existente a nivel político, social y económico. Las migraciones aparecen, así, como un elemento regulador  del que el Estado puede intentar disponer a fin de resolver ciertas tensiones internas (Barou, 2001, p. 17).

Innegables son los efectos que los procesos de migración producen en los países con economías aparentemente estables, cuyos escenarios de vida pública se ven invadidos por masas de extranjeros. Sin embargo, no es inoportuno interpretar  aquello como un re-equilibrio.  Como si a un nivel macro, éste debilitamiento político y económico de los países que sufren una alta tasa de inmigración no fuera sino el resultado de un cierto balance histórico, de un cierto ajusticiamiento en la historia del desarrollo. Primeramente, porque el modelo de desarrollo industrial exigió desde un inicio desplazamientos masivos: en primer lugar desde el campo a la ciudad, luego desde países en crisis hacia países  jóvenes que ofrecían oportunidades, finalmente, desde países subdesarrollados hacia países con grandes tasas de crecimento económico.  En otro nivel, los conflictos migratorios pueden verse como una consecuencia de las políticas coloniales y colonialistas padecidas por los países de Asia, África y América Latina, los que sin proponérselo, han devuelto a los Estados-potencia del siglo XIX y XX,  parte de una población sometida al desarraigo cultural y la miseria. Una población huérfana de un modelo de desarrollo que se impuso con brutalidad y para el cual sus antepasados fueron útiles, pero que hoy los desconoce y los ignora.

En definitiva, el gran problema es que los inmigrantes son, mayoritariamente, pobres, y la pobreza es un problema que va desencadenando otros conflictos, fundamentalmente de convivencia: desempleo, delincuencia, prácticas ilegales y violencia. Todo un coeficiente de marginalidad que se articula en torno a ese sector que  hoy viene desde aquellos “otros lugares”, que alguna vez fueron fundamentales para la riqueza de algunos países, lo que hoy, sin embargo, se tiende a olvidar.   

Es fácil entonces, advertir como el tema de las migraciones es convertido por los gobiernos en “problemas de migración”, instalando la conflictividad como el adjetivo propicio para el análisis  y discusión del asunto. En este sentido, la opinión pública es invadida por una imagen problemática del inmigrante, que tiene fértil destino en la medida que la globalización ha fomentado en las personas una idea de comunidad estandarizada, donde el diálogo va en retirada y donde las diferencias son elididas. Pertenecer a un barrio, a un sector, a una ciudad donde no hay problemas por resolver, donde todos son similares y por tanto no hay nada que discutir, es un anhelo que se persigue por muchos como parte de la felicidad. Como sostiene Bauman, se trata del anhelo de pertenecer a una comunidad vigilada: […] donde los que hacen cosas que pueden disgustar a los demás son rápidamente castigados y puestos en línea –donde holgazanes, vagabundos y otros intrusos que “no son de aquí” tienen cerrada la entrada o son perseguidos y expulsados (Bauman, 2003, p. 100).

Se comprende, como a un nivel cotidiano, compartido por un “sentido común” que se nutre de los medios de comunicación, la implementación de políticas restrictivas a la migración, aparece como saludable. Tratase, en efecto, de subjetividades que proyectan  su lugar en comunidades donde reina la tranquilidad y donde la tranquilidad tiene que ver con la ausencia de diversidad.

Ahora bien, por el lado de los que emigran, también existe un cierto desequilibrio. Las políticas coloniales del siglo XIX y XX tuvieron repercusiones en  el ámbito identitario, que se volcaron posteriormente en el problema de la migración. Como ya hemos señalado, la prepotencia de un esquema de desarrollo unitario centrado en la industrialización, impuso la necesidad del desplazamiento. En primer lugar, la población rural fue llevada a acercarse a las ciudades puesto que sus modos de subsistencia se vieron amenazados ante la avalancha de la producción industrial a gran escala y a toda velocidad. Eran, desde luego, las ciudades las que además ofrecían la civilidad y con ella toda la serie de garantías sociales. A ello debemos agregar, los grandes ejercicios de erradicación llevados a cabo por los Estados emergentes para organizar  la menguada población indígena y a los esclavos abandonados, en nuevos territorios. En fin, lejos de su lugar de origen, lejos de sus costumbres, de su lengua, lejos de su modo de vida antecedente, es posible pensar el deterioro de un sentido de pertenencia y el apoderamiento de un sentimiento de desarraigo. Para toda esa gente, la salida que se ofrece es, son obstante,  la misma: integrarse al modelo a través del trabajo, del estudio, del consumo. Desde esa perspectiva, la lógica de la migración es totalmente transparente: se focaliza en los llamados “polos de desarrollo”. Badie lo pone en cifras que hablan por sí solas: “La mecánica social en sí misma es temible: si, por ejemplo, Europa representa el 32% del PIB mundial y solamente el 6% de la población del globo, ella se convierte evidentemente en un polo de migración” (Badie, 2009, p. 10).

Era de esperar entonces que todo un sector que se siente desprovisto de lo que un sistema de mercado hoy le ofrece, se abalanzara sobre aquellos lugares donde parece que esa promesa va a cumplirse, ya que es el mismo modelo global uno de los voceros más enérgicos del derribamiento de las fronteras: su mecánica comunica, de forma permanente y severa, la propaganda del multiculturalismo y de la ciudadanía del mundo. También son  oportunas a este respecto las palabras de Badie: “Puesto que la mundialización promueve la interdependencia a costa de la soberanía, ella abre las fronteras, ella refuerza los mestizajes, ella incita a la desterritorialización, ella densifica las y favorece la movilidad” (Badie, 2009, p. 5). La misma globalización genera una atmósfera propicia para que la gente salga a intentar jugarse su oportunidad.

Con todo, se puede objetar, que se trata de poblaciones que hasta antes de enfrentar el conflicto cultural contemporáneo eran ya muy pobres y vivían en condiciones muy precarias. Si se piensa en los indígenas, en los esclavos e incluso en los campesinos del siglo XVIII y XIX, sus condiciones de vida eran desde luego similares o incluso más modestas que las de la actualidad. Sin embargo, llegado este punto,  nos topamos con un problema de configuración de la subjetividad global que es de suma importancia: la imposibilidad de establecer patrones de comparación en base a los bienes o las condiciones de vida. En efecto, puede ser que esa población del siglo pasado fuese más deficitaria en sus condiciones de subsistencia, pero lo gravitante es que carecía de menos,  es decir, pertenecía a un escenario social que no hacía de la mercancía su valor más emblemático y difundido. Por el contrario,  hoy los emigrantes viven insertos en un modelo en el que el logro de metas está asociado a  la accesibilidad del mercado y su infinita oferta.  Valen entonces las palabras de Daniel Cohen: “La mundialización hace ver a los pueblos un mundo que trastorna sus expectativas; el drama es que se revela totalmente incapaz de satisfacerlas” (en Abélès, 2008, p. 42).

En definitiva, el avance paulatino de los procesos de desarrollo que culminaron el la globalización, se dejó sentir en la constitución de una subjetividad que hoy se ve imposibilitada del disenso. El modelo impuesto por el Estado-nación triunfó a un nivel mucho más profundo, el de la necesidad y la domesticación de la subsistencia. De qué manera esto repercute en las miles de personas que se movilizan año tras año en busca de nuevos horizontes, es una tarea que dejamos, por el momento, pendiente, pero al menos sugerida a la hora de pensar los componentes que entran en juego en los asuntos de migración.

Conclusiones

Más que pronunciarse resolutivamente, nos parece más oportuno pronunciarse sobre algunos elementos que permiten advertir la complejidad del tema migratorio. Desde luego, el enfoque biopolítico que inaugura Foucault brinda dos aportes principales: primeramente el encuadre histórico del fenómeno migratorio, vale decir, la elaboración de las políticas de población a partir de mediados del siglo XVIII vinculadas a la conformación de los Estados-naciones según el modelo de la industrialización. Con todo, como toda delimitación histórica, el período nos comunica con sus antecedentes: aquellos episodios que enlazaron primariamente los intereses de producción y los desplazamientos masivos. En segundo lugar, el enfoque biopolítico devela la lógica con que la implementación de las políticas estatales abriga el problema del desplazamiento más allá de sus fronteras: hacer de la migración un dispositivo de regulación con fines políticos y económicos. De esta forma, se trata entonces de procurar análisis que no reduzcan el problema a la dicotomía exclusión-integración, sino que elaboren hipótesis sobre cuáles son las estrategias que acompañan la implementación específica de una política migratoria.

Por otra parte, hemos ensayado algunas variables en torno a lo que el fenómeno migratorio acusa frente al llamado contexto global. En ese sentido, son muchas las preguntas que quedan pendientes, pero que sin embargo, remiten a los modos de vida que se fomentan al interior de un mundo dominado por el mercado y el logro material. De esta forma, la expectativa de éxito se transforma en un componente que penetra la subjetividad del emigrante y sus prácticas cotidianas. Finalmente, se asiste también a un escenario en que  una mirada que enfatiza el conflicto, el litigio y la inseguridad, parece ser fácilmente despertada  y compartida.

Con todo, debe tenerse presente que Foucault no dedica, en los libros efectivamente destinados a la publicación, ninguna obra cuyo objeto sea explicar la biopolítica. Esta categoría aparece únicamente en algunas páginas postreras del primer tomo de La voluntad de saber, donde el autor establece los lineamientos generales de lo que será su proyecto de una Historia de la sexualidad.  Luego, la elaboración de la categoría de biopolítica en Foucault se lleva a cabo, principalmente, en los cursos del Collège de France, específicamente entre los años 1976-1979.  La biopolítica no es, por tanto, una temática que goce de autonomía por su mera enunciación. Más que de una teoría, se trata del ensayo de una perspectiva al interior de unos análisis siempre históricamente delimitados. No obstante, hoy es numerosa la bibliografía que se ha abastecido de la noción de biopolítica y le ha otorgado alcances diversos.  Destacan, en este sentido, los trabajos de Giorgio Agamben: “Homo Sacer I: El poder soberano y la nuda vida” (Agamben, 1998); “Estado de Excepción” (Agamben, 2003). Roberto Esposito: “Immunitas: Protección y negación de la vida” (2005); “Bíos: biopolítica y filosofía” (2006).  Paolo Virno: “Gramática de la multitud. Para un análsis de las formas de vida contemporáneas” (2005),  y desde luego el trabajo conjunto de Michael Hardt y Antonio Negri: “Imperio”. Buenos Aires, Editorial Paidos 2003, entre muchos otros trabajos con metas y temáticas bastante diversas.

“La soberanía hacía morir y dejaba vivir. Y resulta que ahora aparece un poder que yo llamaría de regularización y que consiste, al contrario, en hacer vivir y dejar morir” (Foucault, 2000, p..223). Una exposición generosa de ésta transformación en el ejercicio del poder se encuentra en el apartado: “Derecho de muerte y poder sobre la vida”, en Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber (Foucault, 1998).

Sobre la esclavitud como antecedente de los procesos migratorios, véase Barou (2001). Según el autor, la esclavitud constituye uno de los modos primordiales que, desde la antigüedad,  los pueblos tienen de incorporar al extranjero, bajo ciertas regulaciones y prescripciones que varían con los casos, pero que tiene en común, dar a la fuerza del esclavo un rol económico decisivo: “Ya las sociedades de agricultores sedentarios han tenido más bien la  tendencia  a aceptar al extranjero pero solamente bajo un estatuto de dominio, a menudo de esclavitud.” (Barou, 2001, p.16)

Se comprenden así las compensadoras palabras de Badie: “Europa es principalmente tierra de acogida, después de haber conocido una larga tradición de emigración hacia América o hacia su imperio colonial” (Badie, 2009, p.  11).

Así, por ejemplo, España prohibía la salida del país a: “varones jóvenes que no tuviesen sus obligaciones militares cumplidas, mujeres solteras o casadas de menos de 25 años, entre otros” (Barou,  2001, p.  33.).

Bibliografía

Abélès, M. (2008). Política de la supervivencia. Buenos Aires: Editorial Eudeba.

Badie, B. (2009). Migrations dans la mondialisation. Revue de Ceras, 18, 5-14.

Barou, J. (2001). Europe, terre d’immigration. Francia: Presses Universitaires de Grenoble. 

Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad tomo I. La voluntad de saber. Madrid: Siglo XXI Editores.

Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Curso en el Collège de France, 1975-1976. Argentina: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2006). Seguridad, territorio, población, Curso en el Collège de France, 1977-1978. Argentina: Fondo de Cultura Económica.