Psicoperspectivas. Individuo y Sociedad, Vol. 17, No. 2 (2018)

Doi: 10.5027/psicoperspectivas-Vol17-Issue2-fulltext-1173
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Vergara del Solar, Sepúlveda Galeas, and Chávez Ibarra: Parentalidades intensivas y éticas del cuidado: Discursos de niños y adultos de estrato bajo de Santiago, Chile



El presente artículo expone parte de los resultados de una investigación, iniciada en 2016 y a finalizar en 2019, orientada a indagar el modo como padres e hijos están concibiendo su relación, en el marco de los procesos actuales de construcción social de la infancia en Chile. Presentamos los resultados del análisis del material discursivo del estrato bajo, debido a que en los demás estratos se encuentran aún en proceso de análisis.

Esta opción nos permite, a la vez, interrogarnos por la especificidad de la temática de la relación entre padres e hijos en este estrato, en el Chile de hoy. Ello en un contexto nacional en que las parentalidades desplegadas en los sectores más pobres han sido, históricamente, objeto de sospecha de parte del Estado y de la sociedad en general, en cuanto a su posibilidad de cuidar y formar a sus hijos. Entendidas como fallidas o insuficientes, tales parentalidades se han concebido requeridas de ser intervenidas o directamente inhabilitadas, a través de procedimientos de carácter jurídico-social (García Méndez, 1991; Milanich, 2009).

En las últimas décadas, además, esta constante histórica se ha ampliado, en la medida en que la sospecha no recae solo en la parentalidad en sí misma, si no en su potencialidad para generar, y determinar, una serie de problemas sociales (Gillies, 2008), como la pobreza, la delincuencia y el consumo de drogas.

Lo anterior ha implicado que, en Chile, muchos programas sociales, estatales y semi estatales, hayan comenzado a incorporar componentes relativos a la parentalidad, basados en nociones normativas respecto a la parentalidad, tales como competencias parentales (Barudy, & Dantagnan, 2010) y parentalidad positiva (Gómez, & Muñoz, 2014). Ellas pueden hacer sentido en algunos espacios de intervención o toma de decisiones, pero conllevan el riesgo de favorecer una comprensión homogénea, unilateral, ahistórica y descontextualizada de prácticas sociales complejas y diversas, además de facilitar el predominio implícito de las representaciones de clase que los profesionales de estratos medios y altos tienen respecto a la parentalidad de los estratos bajos, beneficiarios preferenciales de estos programas (Gillies, 2008, Mayall, 2002). Algo similar ocurre con varios de los estudios realizados en Chile, respecto a la relación entre padres e hijos, y que se basan en la noción mencionada de "competencias parentales" o en otras de carácter también normativo como “estilos de crianza" o vinculares (Krumm, Vargas-Rubilar, & Guillón, 2013; Santelices, et al., 2015; García, & Ibáñez, 2007).

Al mismo tiempo, los niños de estrato bajo han sido, también históricamente, devaluados en su condición de niño y de hijo(a), como parte de un imaginario social que los concibe como disruptivos, impulsivos, poco civilizados o carentes de un sentido de autoridad, como efecto del contagio moral producido por su entorno (García Méndez, 1991). En ese marco de sospecha, nos ha interesado preguntarnos por el modo cómo padres e hijos de estrato bajo se vinculan con los estereotipos sociales y la devaluación de las parentalidades y la condición de ser hijos en sectores pobres.

Por otra parte, hemos incorporado el concepto de “parentalidad intensiva” (Faircloth, 2014), para dar cuenta de una tendencia, acontecida en las últimas décadas y vinculada a contextos de neoliberalización creciente, que ha extremado y diversificado los mandatos sociales relativos al cuidado y formación de los hijos, al mismo tiempo que se debilitan las condiciones para sostenerlos.

Aunque esta tendencia ha sido principalmente investigada en Europa y Estados Unidos, en el caso de Chile, el concepto, o su antecedente como "maternidad intensiva" (Hays, 1996), ha sido incorporado por autoras como Molina (2006), para analizar las transformaciones históricas de la maternidad en Chile, Murray (2015), para dar cuenta de las tensiones derivadas del retorno al trabajo productivo por parte de mujeres que han tenido hijos recientemente, Murray, Bowen, Segura y Verdugo (2015), para indagar las prácticas parentales en familias mapuches, y Chávez y Vergara (2017) para comprender las perspectivas de los niños acerca de la adultez y la parentalidad.

Desde nuestra perspectiva, el concepto de parentalidad intensiva hace pleno sentido en un contexto chileno en que se ha producido un fuerte repliegue del Estado en los ámbitos sociales y culturales, una precarización del trabajo y la producción de una vida cotidiana sobrecargada por las exigencias laborales (Araujo, & Martuccelli, 2012), domésticas y de cuidado. Todo ello hace que la gente vivencie una pérdida de control sobre sus circunstancias vitales y su manejo del tiempo (Scribano, & Vergara, 2009). En el caso del estrato bajo, las condiciones de existencia se hacen aún más difíciles, haciendo que la gente experimente la vida como una suerte de odisea cotidiana por la sobrevivencia (PNUD, 2012). Además, debemos considerar aquello que ha sido denominado la “crisis de los cuidados” (Comas d' Argemir, 2014), ligada a esa de-responsabilización del Estado por la reproducción de la vida, y que hace que la necesidad de gestionar el bienestar de los niños, en sus distintos aspectos, recaiga en los padres como personas individuales.

Respecto a los niños, se agregan otras condiciones. Entre ellas, los procesos de privatización espacial, que hacen que los ellos se vean recluidos al interior de los hogares, además de la creciente colonización de la vida cotidiana por parte de las actividades escolares. En tal sentido, consideramos que el ejercicio de la condición de ser hijo ha experimentado procesos de “intensificación” similares a los de la parentalidad, y que han sido solo parcialmente investigados. Lo que sí es posible encontrar, en Chile, son algunos estudios en los que los niños dan cuenta de su visión de la parentalidad; en ellos, por ejemplo, los niños valoran la relación con sus padres y se sienten, en general, respetados por ellos (Unicef, 2010), si bien expresan malestar y sentimientos de culpa e impotencia al percibir el agobio experimentado por sus padres (Chávez, et al., 2017) o debidos a la necesidad de cumplir, por su parte, las expectativas adultas respecto a su rendimiento académico e inserción laboral futura (Unicef, 2008).

De acuerdo con lo planteado, las relaciones entre padres e hijos en estratos bajos, en Chile y Latinoamérica, deben enfrentar no solo las tensiones propias de las transformaciones en las relaciones generacionales, etarias y de género, sino también lograr hacer habitables las posiciones de padre, madre, hijo e hija pobre, restituyéndoles dignidad, en un contexto que tiende a devaluarlas y devaluarlos íntegramente como sujetos.

Presentamos a continuación, los referentes conceptuales que han sostenido la investigación, su metodología, análisis de resultados, y conclusiones.

Los Estudios Sociales de la Infancia

Esta investigación se basó en los Estudios Sociales de la Infancia (Childhood Studies en su acepción anglosajona), campo interdisciplinario que emerge en Europa en los años 90, y que luego se va expandiendo hacia a otras regiones del mundo. En el marco de un campo que involucra perspectivas teóricas y metodológicas diversas, la vertiente británica enfatiza el carácter de la infancia como una construcción socio histórica y una institución social, además de la capacidad de agencia de los niños, en tanto actores sociales que interpretan y ejercen influencia sobre la realidad social (James, Jenks, & Prout, 1998; James, & James, 2004).

El campo ha desarrollado, entre variadas temáticas, investigaciones relativas a las perspectivas de los niños acerca de la realidad social con la cual se enfrentan, si bien el ámbito de la parentalidad ha sido más bien marginal en ellas, desde un punto de vista relativo (Honig, 2016). Algunas líneas destacadas, en este ámbito, son aquellas que exploran el modo como ellos conciben los marcos éticos y de negociación que se producen con los padres, en un escenario de interdependencia y reciprocidad (Mayall, 2002; Zeiher, 2001), o sus experiencias respecto al divorcio de los padres y los arreglos familiares posteriores (Smart, Neale, & Wade, 2001).

En los últimos años, uno de los debates importantes al interior del campo ha tenido que ver con lo que se ha llamado “giro relacional” (Mannion, & L’Anson, 2004; Mayall, 2002). A partir de ello, se ha sostenido un cuestionamiento profundo a una visión de la agencia infantil, predominante en las primeras décadas de desarrollo del campo, sostenida a partir de una concepción individualista de la independencia, autonomía, y libertad personal. Tal crítica ha hecho posible pensar las relaciones de cuidado entre padres e hijos como contingentes, posicionales y contextuales, en las cuales las condiciones de “cuidador” y “cuidado” se expresan de modos fluidos y cambiantes, de acuerdo con los escenarios, los momentos y las condiciones en que se encuentra cada sujeto.

En concordancia con lo analizado, entendemos la relación entre padres e hijos como uno de los espacios privilegiados en que se ha desplegado, en las sociedades occidentales, la construcción de la infancia. Se trata de un espacio que, actualmente, resulta particularmente denso en cuanto a transformaciones y contradicciones culturales e institucionales.

Los Estudios sobre Culturas Parentales

En la actualidad, como esbozábamos al inicio, asistimos a una intensificación de las demandas y expectativas que recaen sobre los padres e hijos, en los contextos de neoliberalización creciente antes mencionados, que se acompaña de un debilitamiento de las condiciones estructurales que operan como soporte para el cumplimiento de esas expectativas. Ello hace que se genere, muchas veces, una subjetividad constituida a partir de la “deuda” con respecto al otro y una experiencia de permanente incumplimiento de esas expectativas (Chávez, et al. 2017).

El concepto de "neoliberalización" es utilizado aquí para denominar los procesos históricos vinculados a la implementación de un proyecto que busca restaurar el poder de las élites económicas a niveles locales y globales, restablecer las condiciones necesarias para la acumulación de capital y despolitizar la sociedad, con el fin de evitar la resistencia social (Harvey, 2005).

A través de los Estudios sobre Culturas Parentales (Parenting Culture Studies, en su versión anglosajona), autores europeos y norteamericanos están indagando este aumento de demandas sociales relativas a tal parentalidad, tanto en sus aspectos materiales como simbólicos. Ello se ha expresado en el desarrollo de conceptos, antes mencionados, como “maternidad intensiva” (Hays, 1996) y “parentalidad intensiva” (Faircloth, 2014) y que aluden a la sobrecarga y sobre-responsabilización de los padres, y “determinismo parental” (Furedi, 2002), relativo a la asociación simple y causal de las prácticas parentales con el destino global de un sujeto y de la sociedad.

Algunos autores sitúan estas posiciones y culturas parentales exclusivamente en los sectores más privilegiados, es decir estratos medios y medios altos, blancos, europeos y norteamericanos, en la medida que implican un cierto nivel educacional, una disposición de recursos y unas concepciones de sujeto de carácter más individualista. Otros autores, en cambio, y que son aquellos con los que coincidimos, consideran que se trata de patrones que están, también, influyendo en estratos y realidades económicas, culturales y étnicas devaluadas, justamente porque las posibilidades de ser desvalorizado como padre, en esas realidades, son significativas, como lo son, también, la precarización de la vida cotidiana, la coerción y vigilancia estatal y el peso del poder experto de carácter disciplinario, ante los cuales se tiene menor poder de negociación (Elliott, Powell, & Brenton, 2015; Luttrell, 2013; Murray, 2015).

Lo que está menos presente en estos Estudios sobre Culturas Parentales es la atención a cómo los niños están experimentando estos procesos y significando una práctica sobre-demandada. Ello implica una conciencia insuficiente de que los procesos de intensificación los incluyen como hijos, en la medida en que las transformaciones relativas a la infancia y la familia se articulan de modo estrecho y la relacionalidad e interdependencia de padres e hijos se expresa de modos muy nítidos.

Metodología

El estudio se basó en una perspectiva interpretativo-crítica, la cual comprende la producción social de significado como la manifestación de relaciones y prácticas sociales desiguales y polifónicas y se orienta a develar los patrones que contribuyen a pensar la realidad social de modos particulares e históricamente situados (Fischer, 2003). Desde esta perspectiva, los discursos no se encuentran directamente en los textos, sean estos escritos o hablados, como un objeto independiente, sino que emergen de la interacción de estos textos con las interpretaciones contextuales y teóricas llevadas a cabo por los analistas (Fairclough, 2001).

En ese marco, y partir de Fairclough (2003), uno de los autores principales del campo del Análisis Crítico de Discursos, y de Hall (2013), un referente en el ámbito de los estudios culturales británicos y latinoamericanos, se entendió a los discursos como conjuntos organizados de representaciones respecto a prácticas sociales específicas, de carácter trans individual, que son comunicadas a través del lenguaje o medios no verbales, y que producen y son producidas, al mismo tiempo, por tales prácticas sociales, incluyendo sus contradicciones materiales y simbólicas.

Producción de la información

Se trabajó con entrevistas grupales de carácter triangular (Conde, 2008), consistentes en grupos de tres personas, dirigidos por un(a) moderador(a), en que se genera un contexto conversacional. A diferencia de las entrevistas discursivas grupales “canónicas” (compuestas por 5 a 8 participantes), las entrevistas triangulares facilitan la expresión de experiencias personales, si bien, como las primeras, demandan la explicitación y confrontación de estas experiencias con los demás participantes y con los tópicos socialmente disponibles para interpretar la temática en cuestión.

La primera entrevista era de carácter no directivo, con el fin de facilitar el despliegue del universo de significación de los sujetos y a disminuir el poder del investigador en el dispositivo metodológico. Como es común en la investigación discursiva, se planteó al grupo una provocación muy general, que, en este caso, correspondía a la invitación a conversar acerca de la relación entre padres e hijos, y las intervenciones posteriores del moderador(a) se orientaban exclusivamente a incentivar la conversación o clarificar algunos aspectos de las significaciones. Una segunda entrevista, semiestructurada, utilizaba estas significaciones y las mismas categorías desplegadas previamente por los sujetos, para profundizar más en sus implicancias y matices (Guber, 1991).

Las entrevistas fueron organizadas de acuerdo con posición y género (madres, padres varones, hijos e hijas) y realizadas por separado. Respecto al género, los hombres y mujeres con que trabajamos, fueran adultos o niños, eran designados como tales, desde su lugar jurídico, familiar y escolar, y se apropiaban de él, al menos en su aspecto público, sin tener sentido ni estar facultados nosotros para indagar la experiencia más íntima y privada de ese posicionamiento, que puede o no coincidir con el lugar socialmente asignado o confrontar, incluso, todo binarismo al respecto. Ello bajo la comprensión de que el género no se constituye como un a priori, sea este biológico o psíquico, sino como un a posteriori, es decir, como el producto siempre abierto de procesos de sujeción y subjetivación (Hall, 2003).

Criterios de selección

La selección de los sujetos tuvo un carácter intencional, incorporando tres niñas y tres niños varones de 11 años, además de tres madres (de 27, 45 y 48 años) y tres padres varones (de 29, 36 y 45 años) de estrato socioeconómico bajo, según índice ADIMARK. La estratificación propuesta por ADIMARK (2004) divide a la población en 5 estratos socioeconómicos dependiendo de su nivel de educación y tenencia de bienes. En el caso de Santiago, basándose en datos del Censo del 2002, el estrato medio alto corresponde al 11,3% de los hogares, el medio al 20,1%; el medio bajo al 25,6%; el bajo al 34,5% y, finalmente, el estrato de extrema pobreza corresponde al 8,5% de los hogares. Debe producirse una actualización a partir de los datos del Censo 2017.

Los participantes fueron contactados a través de un colegio mixto de Santiago, seleccionado a partir de la información que el índice ADIMARK proporciona acerca de la distribución socioeconómica en las distintas comunas de Santiago, escogiéndose una de ellas con un predominio de estrato bajo. Además, se utilizó los datos proporcionados por el Ministerio de Educación de Chile, en cuanto a los ingresos promedio de las familias de los niños asistentes a los distintos colegios y se optó por uno de administración municipal, en que el estrato bajo era también predominante.

Al momento de seleccionar los niños al interior de los colegios, se consideró la edad indagada, la distribución por género, la información socioeconómica particular relativa a la familia, su motivación por participar y el hecho que no se encontraran en períodos vitales particularmente difíciles (como duelos, separación de los padres, crisis de salud mental y otras) de modo de resguardar su integridad emocional. Los adultos involucrados, por su parte, eran apoderados del curso al que pertenecían los niños, pero no se exigió, por razones conceptuales y prácticas, que fueran los padres de los hijos entrevistados, aunque en algunos casos ellos coincidían.

Reflejando los parámetros sociodemográficos de la población chilena, la mayoría de los sujetos pertenecía a familias biparentales con hijos (aunque este tipo de familia está en declive), mientras que algunos de ellos provenían de familias monoparentales lideradas por mujeres (Gubbins, Browne, & Bagnara, 2003; INE, 2018).

Aspectos éticos

En cuanto a los aspectos éticos, se incorporaron protocolos de asentimiento informado, para los niños, y de consentimiento informado, para los adultos, tanto para su rol de padres de los niños involucrados como de participantes directos. Estos protocolos fueron visados previamente por el Comité de Ética de la Investigación de la Universidad Diego Portales, e incluyeron temas tales como la confidencialidad y uso y resguardo de los datos, entre otros aspectos.

Análisis

El proceso de análisis del material emergente de las entrevistas se basó en trascripciones literales de las ocho entrevistas grupales realizadas y se orientó a comprender el trabajo de representación generado por los sujetos en torno a los significantes y su comunicación a través del discurso (nominaciones, valoraciones, atribuciones causales y otras), y la identificación de algunos recursos lingüísticos orientados a conferir legitimidad a las representaciones desplegadas, cuando ello resultaba relevante para la interpretación (Fairclough, 2001).

Resultados

Damos cuenta de los resultados del estudio y de su análisis de modo simultáneo, debido a que, como se mencionó anteriormente, en el marco de una aproximación interpretativo-crítica los datos o hechos no se constituyen con independencia del modo como el investigador los lee, contextualiza y da sentido.

Presentamos en primer lugar los resultados relativos a los discursos de los niños, y luego los de los padres. Por razones de espacio, hemos enfatizado los aspectos comunes en ambos géneros, debiendo reservar las diferencias para publicaciones posteriores. Por otra parte, mencionamos algunos recursos retóricos utilizados por las personas en sus elocuciones, cuando ello resulta relevante para comprender sus posiciones.

"En los zapatos del otro": Las perspectivas de los hijos

Los niños del estrato bajo mostraron una imagen de sus padres como personas sobrecargadas por las responsabilidades laborales, domésticas y de cuidado.

‘Los padres, a veces, cuando están muy estresados, se desquitan con los hijos o con las personas que están frente de ellos. Y se desquitan, por ejemplo, con gritarles, hablarles mal y todo eso. Una vez mi mamá, cuando estábamos en otra casa, dormíamos en una pieza los tres; todavía no estaba mi hermano; y mi mamá se estresó mucho y me empezó a gritar, y yo me fui a mi otra pieza a llorar y todo’ (Niña Nº2).

‘Ellos se sienten, así, con muchas responsabilidades, así como que preparar la leche, servirle todo (a los hijos). La idea es que nosotros podamos hacer algo para que ellos no se sientan tan cansados porque es mucha responsabilidad tener hijos (...) Es como estar en los zapatos de otro’ (Niño varón Nº1).

Como se observa en la primera cita, y como efecto del cansancio, los padres solían "estresarse", significante psicologizado que fue desplegado a través de una metáfora que llamamos "hidráulica": se trataba de un agobio, irritación y frustración que se acumulaba progresivamente, y que, en algún momento, generaba una "explosión", como si se tratara de un dique fragilizado que se fatigaba y dejaba de ejercer su función de contención. La ruptura del dique también podía generar alguna forma de "desquite" con los hijos u otras personas, como si tal desquite posibilitara trasladar la "carga" experimentada de uno a otro sujeto.

En ese marco, los niños mostraron un discurso compasivo respecto a sus padres y justificaron, o consideraron legítimas, sus "explosiones", al vincularlas directamente a sus condiciones de existencia. Asimismo, y como se observa en la segunda cita anterior, relataban que era necesario, por su parte, apoyarlos en las tareas domésticas, de modo de reducir su carga de trabajo. También era necesario ser un "buen hijo" o hija, de modo de minimizar las preocupaciones de los padres, lo que implicaba obtener buenas calificaciones en la escuela, atenderlos y "hacerles caso", es decir, obedecerles. De este modo, la obediencia no era una respuesta pasiva, como suele entenderse, si no una decisión a través de la cual se optaba por apoyar material y emocionalmente a los padres, al reducir las dificultades cotidianas, permitirles estar tranquilos y contentos y preservar sus identificaciones como "buenos padres" de "buenos hijos".

‘Mejor hacerles caso, porque así están de buen humor y si no les haces caso como que se ponen mal, y a uno tampoco le gusta verlos así… porque como que ya están alegres en el día, y tú es como si les quitaras la felicidad; entonces, es mejor hacerles caso’ (Niña Nº2).

Ser "buen hijo" o hija, y apoyar a los padres en su desempeño como tales, también implicaba ser ponderado en las exigencias relativas a compras y objetos de consumo.

‘(Los padres) tratan de darnos lo mejor que pueden, lo que más pueden. El otro día con mi papá habíamos salido. Él ya nos había comprado cositas, dulces y todo eso. Y después mi hermana decía "papá, por qué no pasamos al Happyland (establecimiento de juegos pagados)”. Entonces, en eso es en lo que nosotros tenemos que entenderlos a ellos’ (Niña Nº1).

En la cita anterior, la referencia directa a lo dicho por la hermana era utilizada, retóricamente, para tomar distancia de ello y presentarlo como un contra ejemplo desde el punto de vista ético. Es decir, era puesta en función de evidenciar la posición crítica de la niña participante respecto al comportamiento de la hermana: uno que invisibiliza los esfuerzos económicos previos realizados por el padre para permitirles divertirse y realiza exigencias desproporcionadas, tanto con relación a ese esfuerzo inicial como a las condiciones materiales de existencia de la familia.

Los niños desplegaron, así, una importante reflexividad ética respecto a su lugar como hijos y aquello que les correspondía en relación con sus padres. Entendemos por reflexividad ética la capacidad y el gesto mismo de los actores de interrogarse por sus propias prácticas, ya sea en función de justificarlas o problematizarlas (Boltanski, 2009; Guber, 2001). Al enfatizar su carácter ético queremos destacar que se trata de diálogos personales e interaccionales relativos a aquello que se considera adecuado o "bueno", acorde a valores y normas y en el marco de las relaciones con los otros.

En este escenario, los niños iban debatiendo y delineando aquello que consideraban legítimo o correcto desde su posición, no desde principios absolutos, sino, más bien, desde aquello que ha sido denominado una "ética intersubjetiva" (Garretón, 2000). Es decir, una ética contextual y enfocada en el bienestar de las personas involucradas en una relación específica, concebida a partir de una lógica de retribución.

Los niños, por otra parte, no solo visibilizaron el esfuerzo implicado en el desempeño de los padres, sino que lo mostraron, propiamente, como un trabajo, es decir, como una actividad que implica desgaste y cansancio, que forma parte de una cadena de acciones y consecuencias, que debe imponerse ante los obstáculos y que requiere, para ser sostenido, de ciertas condiciones de tiempo y espacio. En tal sentido, los niños hacían algo similar a lo que ha hecho el feminismo respecto al trabajo doméstico y de cuidado: no sólo ponerlo en evidencia, en su importancia social y en cuanto a su extensividad temporal, sino revelarlo propiamente como trabajo.

Los discursos de los niños, en ese marco, conferían materialidad a una parentalidad que muchas veces tiende a ser presentada como etérea, espontánea y natural. En una clave no solo de género, sino también de clase, ese peso hacía, en el discurso de los niños, que los cuerpos involucrados se sintieran y resintieran, y que fuera necesario visibilizar cada una de las acciones necesarias para la realización de un trabajo, pieza por pieza, momento por momento. Los niños usaban, retóricamente, la reiteración y el detalle, para recalcar el carácter rutinario de este trabajo, y evidenciar, también, su propio conocimiento y conciencia respecto a las condiciones de vida laborales y domésticas de sus padres.

Niña Nº2: ‘A mí me carga cuando las profesoras dicen, por ejemplo, "usted no trajo los materiales, parece que su papá no se preocupa de usted"...Como que me dio rabia eso y yo quería decirle "ay, pero profesora, cómo dice eso", porque tampoco ella conoce todo eso.’

Niña Nº1: ‘O también la profesora no sabe si los papás pudieron comprar esos materiales.’

Niña Nº3: ‘No tienen plata'.

Niña Nº1: ‘O tienen problemas, o fue muy tarde y no lo alcanzaron a encontrar (...) También en eso se estresan los padres, en hacer...uno (cree que) está todo bien (todo resuelto ya), y de repente (ellas les informan que hay comprar materiales para el colegio), ¡tanto, tanto! (que hacer) y "ah ya" (dicen los padres) y volver (a salir, a comprar materiales), ¡tanto, tanto!’'.

Niño varón Nº2: ‘Yo creo que (los padres) se sienten cansados, porque mi papá, cuando llega del trabajo, tira sus cosas. llega a ordenar su uniforme y se tira a la cama. Una vez me dijo por qué era...me dijo que en el trabajo tenía que hacer muchas cosas... Y a veces le duelen los ojos y la cabeza, porque él está en el trabajo pegado a un computador.’

En la primera cita anterior, la respuesta de la profesora es también presentada, discursivamente, como un contra ejemplo de una figura que desconoce e invisibiliza las condiciones de existencia de sus padres; en este caso, culpándolos, además, de ser negligentes o despreocupados de la formación de sus hijos, desde una posición que involucra una devaluación de clase hacia la familia de su estudiante. Para Luttrell (2007), estos discursos de los niños de estratos bajos pueden ser conceptualizados como "contranarrativas", las cuales intentan contrarrestar los procesos de estigmatización que ellos perciben en su entorno con respecto a sus padres, y especialmente, a sus madres. Además, el uso del pronombre genérico “uno” (uno (cree que) está todo bien) enfatiza, en esta cita, el sentido de identificación y empatía respecto a la posición y experiencia de los padres (Chávez, et al., 2017).

"Estar siempre presente": Las perspectivas de los padres

En los padres aparecía, también, una reflexividad ética relativa a su posición, esta vez como padres. Lo que resultaba central, en ella, era la temática de la “presencia”, en un sentido de influjo moral y de atención a los detalles concretos y emocionales de la vida de los hijos. La interrogante, entonces, era cómo ser padres cada vez más presentes, en todos los espacios y las situaciones y, dado que la transparencia resultaba imposible y siempre había zonas de oscuridad, tal interrogante volvía a reconstituirse.

Por otra parte, los padres situaron sus discursos en contextos intergeneracionales. Ello se debía, probablemente, a su condición etaria, que posibilitaba una visión biográfica más amplia, pero también al hecho de que ello les permitía anclar sus posiciones como padres a partir de la necesidad de una transformación generacional radical. Es así como, respecto a sus propios padres, predominaban relatos traumáticos de violencia física, de padres varones largamente ausentes o alcoholizados, y de madres que habían debido asumir un papel de proveedora y de autoridad principal en la familia, ante la falta de apoyo recibido, debiendo descuidar los aspectos más afectivos del cuidado, que asociaban a una condición naturalizada de madre y de mujer. En ese marco, ellos manifestaban haber decidido, en algún momento de su vida, que no harían pasar a sus hijos por las mismas situaciones, y era esta toma de posición, existencial y ética, la que los impulsaba a intentar ejercer una parentalidad "moderna".

‘Ahora yo soy una mamá moderna, porque mi mamá era tan dura conmigo, era tan aprensiva, que ella todo lo resolvía finalmente de otra forma, no como uno ahora con palabras. Entonces, yo ahora soy como una mamá moderna para mis hijos. Los entiendo, los comprendo... Les enseño cosas que yo sé que ellos no saben. Los guío.’ (Madre Nº2).

‘(Es necesario) tener más comunicación entre papá e hijo y la mamá también. Y no tener...no andar con mentiras, sino que siempre con verdad, tanto nosotros como ellos y explicarles de raíz cómo son las cosas. Para que ellos vayan madurando y creciendo, tengan el criterio amplio de decir lo que es bueno y malo, no andar buscando que es esto, qué es lo otro, sino que avisarle antes qué es lo malo y qué es lo bueno.’ (Padre varón Nº3).

El significante "moderno", en estos discursos, operaba en contraste con una parentalidad conservadora o poco civilizada, e implicaba el despliegue de estrategias complejas que incorporaban, entre otros aspectos, el reconocimiento activo del niño como sujeto, en su aspecto socio jurídico, psicológico y ético. Es decir, como una persona provista de dignidad, de una interioridad compleja en desarrollo y de la necesidad de "palabras" para comprender el sentido de las normas y restricciones, de modo de fortalecer una capacidad de discernimiento que le permitiera tomar decisiones adecuadas en su vida actual y futura. El golpe, en ese marco, aunque a veces justificable en función de la irritación acumulada, era presentado por los sujetos como ineficaz, en la medida que humillaba y no permitía al hijo o hija aprender de la experiencia y comprender aquello que era necesario

modificar.

‘(Mi hija me dice) “Me encanta conversar contigo porque mi mamá me grita”. “Igual tienes que tener conciencia de que tu mamá, igual, con el estrés de la casa…” (le respondo yo. Yo, por lo menos me controlo, tanto con el estrés laboral... igual uno tiene que controlarse porque no puedes llegar a bajar a un niño, sino que el niño tiene que estar casi al mismo nivel, pero entendiendo con palabras las cosas’ (Padre varón Nº3).

En la cita anterior, aparece nuevamente el recurso lingüístico de referenciar las elocuciones y acciones de otros, como un modo de contrastar las posiciones éticas del hablante. Aquí, además, la hija es mostrada como testigo del comportamiento diferencial que tiene el padre, en comparación con el de la madre, ante la cual se erige como una persona más racional, autocontrolada y comprensiva.

Estos usos dan cuenta de un sentido polifónico y dialógico de la reflexividad ética. De este modo, se ponen en escena las representaciones que los padres del estrato analizado configuran respecto a una “buena parentalidad” (y en el caso de los niños, la condición de ser "buen hijo”). Ello no es un ejercicio meramente externo en tanto definir un rol, sino que se muestra como una estrategia de “presentación de sí” (Goffman, 2006), ante sí mismo y ante los otros involucrados en la entrevista, que un aspecto básico de los procesos identitarios. A nuestro entender, a través de tales elocuciones, y de modo similar a lo que hacían los niños, los padres intentaban resistir los discursos hegemónicos que presentan a los padres pobres como impulsivos, abusivos y escasamente racionales.

Hubo algunos momentos en las entrevistas en que la duda o la incertidumbre se colaba por las rendijas (¿lo estaremos haciendo bien?). En el discurso de los padres, lo más “terrible” de su condición era esa duda que emergía de pronto.

‘Yo creo que es difícil, es terrible ser papá, es terrible educar, porque uno ya, fuera de todo, los profesores te entregan toda la enseñanza, pero quien se lo refuerza en la casa es uno, y si tú lo haces mal, tu hijo te lo va a reflejar en notas. Y le vas a decir a tu hijo, “¿qué no hiciste?”, cuando es, en realidad, ¿qué no hicimos?, porque todo lo que tu hijo es, es porque uno se los inculcó, por lo que vieron de ti, ya sea bueno o malo.’ (Madre Nº3).

‘(A mí como taxista) me ha tocado llevar niñitas de dieciséis años, ¡curás’, curás’! (borrachas). Entonces, ¿dónde están los papás?’ (Padre varón Nº2).

En las citas anteriores, se muestra cómo la duda estaba muy entrelazada con lo que antes denominamos el “determinismo parental”, que hacía recaer sobre ellos y sus decisiones todo el peso de la existencia presente y futura de sus hijos. En ese sentido, la duda fragilizaba y corroía, sobre todo porque ante ella no eran posibles las respuestas matizadas: cualquier “falla” observada en el hijo hacía que la parentalidad completa se mostrara como fallida, incapaz de proporcionar una perspectiva adecuada de futuro para sus hijos. Era como si un “destino” de corrupción y marginalidad acechara y una vez que lograba imponerse todo lo que venía ya estaba definido. Por ello, los padres no podían, jamás, “descuidarse”.

Ser padre, en ese escenario, implicaba estar siempre “presente”, en todos los momentos, en todos los espacios, en todos los aspectos, ya que cualquier “ausencia” inhabilitaba la “educación” de los padres, en su sentido moral, y permitía que los “malos influjos” de un entorno amenazante “llegaran primero”. La ubicuidad de esta “presencia” hacía que fuera necesario extender al máximo la propia influencia, incluso, en los momentos en que no se conocían las respuestas, en que no se podía estar físicamente o en que la propia muerte aparecía como negación radical de tal “presencia”.

‘Uno se exige estar presente. Estar presente cuando ellos están enfermos, cuando necesitan algo, o conversar algo, o despejar alguna duda. En eso uno se exige en saber más que ellos para tener una respuesta’ (Padre varón Nº3)

‘Yo le digo a mi mamá: “yo sé que me voy a morir joven”; entonces, quiero que ellos sepan afrontar lo que uno les deja, poh'… O si, no sé, poh', me da un infarto o alguna tontera, me pego en la cabeza y quedo tirada, ¿qué van a hacer ellos?; entonces, tienes que dejárselas bien claritas’ (Madre Nº1).

Discusión y Conclusiones

A continuación, presentamos algunas líneas de interpretación del material que hemos analizado, que entendemos como abiertas a nuevas posibilidades y lecturas. En primer lugar, pensamos que estos resultados pueden considerarse como históricamente específicos, es decir contingentes y coyunturales a unos determinados escenarios y a los desafíos que ellos presentan a los sujetos (Hall, 2003). Entre ellos, los derivados de su condición de clase y las condiciones en que se despliega la relación entre padres e hijos en los sectores pobres.

En segundo lugar, y en ese contexto, para niños y adultos, el "ser padres" adquiría una dimensión sacrificial y solitaria, que parecía jugarse y depender radicalmente de ellos, sin ser mencionado ningún tipo de apoyo estatal, comunitario o de la familia extensa. Todo parecía, así, desplegarse en un “adentro” de la relación entre padres e hijos concretos y en las tareas y estados de ánimo que sus particulares posiciones les implicaban.

En tercer lugar, los resultados presentados nos hablan, también, de la reciprocidad del cuidado emocional y material entre padres e hijos, en el marco de una red compleja y sutil de interrelaciones e interdependencias, que contraviene la lógica dicotómica de la dependencia/autonomía.

En cuarto lugar, pensamos que el agobio y la angustia, como tonos emocionales y discursivos predominantes, se relacionan con las imágenes culturales cada vez más idealizadas y deterministas de parentalidad e infancia, las cuales parecen estar ejerciendo una carga excesiva en los miembros de las familias de estrato bajo. Para ellos, no se trata solo de sostener las identificaciones relativas a ser un “buen hijo(a)” o un “buen padre o madre”, ante sí mismo y el otro, sino de hacerlo en circunstancias en que todo parece conducir a la responsabilización individual por las condiciones estructurales que suelen encontrarse fuera del alcance o ni siquiera evidenciadas. La puesta en escena de “contranarrativas” que cuestionan los estereotipos sociales de padres e hijos de estrato socioeconómico bajo como personas negligentes, despreocupadas, ausentes o violentas parece ayudar a restituir dignidad a los sujetos, pero es también una voz mínima dentro un marco en que las discursividades hegemónicas tienen mucho más “acceso a la palabra”.

En ese escenario, cada actor parece estar, silenciosa, laboriosa y dolorosamente, intentando tejer una red invisible para sostener aquello que no puede ser sostenido, al menos no por los individuos por sí mismos, y que es, justamente, la fragilidad estructural en base a la cual se está ejerciendo la parentalidad y la condición de hijo en Chile, especialmente, en los estratos más bajos. Aquello que se sutura, a la vez, es la posibilidad de hacer patente el sufrimiento involucrado, de volverlo inteligible para el otro, y de poder explorar, en conjunto, nuevas posibilidades éticas para sus relaciones.

Contribuir a desandar este camino, es, entonces, una tarea fundamental para las ciencias sociales y la intervención social: facilitar una puesta en palabras de aquello que ha sido obturado, una resignificación política y colectiva de aquello que ha sido representado como meramente individual y biográfico, una reflexividad crítica en torno a las condiciones de vida de niños y adultos que posibilite la exploración de nuevos arreglos y relaciones micro y macrosociales.

Pensamos, en ese marco, que el estudio puede resultar un aporte, en la medida en que contribuye a visibilizar los aspectos subjetivos y discursivos de la experiencia de ser padres e hijos en Chile hoy, y en particular en el estrato bajo. Al mismo tiempo, nuestro papel como investigadores no ha sido meramente "rescatar la voz de los oprimidos", metáfora que ha estado muy presente en las ciencias sociales. Creemos que es fundamental evidenciar, y poner en juego, nuestra capacidad interpretativa y la toma de posición política que tenemos al respecto, ya que no nos encontramos ante "voces" puras e independientes del modo como las comprendemos. Por otra parte, creemos que el estudio, junto con una serie de iniciativas que se están generando en distintos países, contribuye a establecer lazos entre dos campos que han tendido a trabajar por separado, y a veces a desconfiar uno de otro, que es aquel correspondiente a los Estudios Sociales de la Infancia y los Estudios sobre Culturas Parentales.

En cuanto a limitaciones de la investigación, recordemos que se trata de un estudio cualitativo de pequeña escala, en el cual no existe la pretensión de realizar una generalización directa de los resultados, sino más bien contribuir a una mejor comprensión de los discursos relativos a las parentalidades, en un momento de intensas transformaciones socioculturales. Asimismo, los resultados se limitan a Santiago, ciudad capital de Chile, la más poblada y heterogénea, y como tal, aquella en la cual la incorporación de nuevos valores y prácticas culturales tiende ser más rápida que en ciudades más pequeñas y periféricas. Investigaciones futuras podrían considerar otras ciudades de Chile, e incluir también el ámbito rural, además de otros aspectos que condicionan las experiencias y las perspectivas acerca de la parentalidad, tales como etnicidad, religiosidad y otras.

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Financiamiento

1 Financial disclosure Proyecto FONDECYT N°1160650 del Gobierno de Chile: "La relación entre padres e hijos(as) en la perspectiva de niños(as) y adultos. Un estudio discursivo en Santiago de Chile".